
Antes de Joy Division nadie. Después de ellos, toda la ya conocida parafernalia darqueta: presuntuosa, sintética, irreal, plástica y fantoche.
Generalmente ha sucedido que las expresiones musicales duraderas surgen de los escurrimientos de una composta integrada por influencias, tesón, casualidades, pero eso sí, mucho talento. Pocas emergen de la premeditación empresarial y los cálculos financieros.
Elvis Presley trabajaba durante el día como chofer de un tractor, sin embargo, por la noches le daba duro al gospel y al blues, eso le permitió grabar un disco y empezar su periplo hacia la eternidad. Jaco Pastorius tuvo que sufrir un accidente que le impidió seguir tocando la guitarra, para dedicarse al instrumento que lo llevaría a su sitio entre los inmortales: el bajo eléctrico.
Crushed Butler grabó un disco a comienzos de los 70,
Uncrushed; luego, sin saber que habían creado lo más cercano al punk, se desintegraron y su nombre se perdió en el tiempo.
La violencia del punk devino en cansancio y hartazgo, en post-punk. Luego de un concierto de los Sex Pistols en 1976, cuatro chavales de Manchester, Inglaterra, decidieron formar una banda. Una más.
Pero el ingrediente extra es que en los años 60 y los 70, la cultura también funcionaba como un mecanismo para truequear información, libros, y discos literalmente ocultos. Existía toda una subcultura y un mercado que sostenían esta clandestinidad.
Uno de esos chavales, paliducho, tímido y flaco: Ian Curtis, era un cliente asiduo de ese tipo de tiendas. De ahí que el nombre de su banda, Joy Division, provenga de la novela
The house of dolls, de Ka-Tzetnik (cuyo nombre real era Yehiel Feiner), donde cuenta de áreas en los campos de concentración en las que se forzaba a las mujeres a la esclavitud sexual: no era la División de trabajo forzado (labour division) sino la División del placer (joy division). En 1978, cuando el grupo adopta el nombre, la novela había vendido millones de ejemplares entre las huestes afines al underground. En varios de sus conciertos el grupo salía vestido con insignias nazis.
Desde joven, Curtis manifestó una marcada inclinación a la literatura. Aunque su formación fue netamente autodidacta, escribía y leía fervorosamente. En sus memorias
Touching from a Distance, su esposa Deborah recuerda: “la mayoría de las noches Ian se encerraba a escribir, interrumpiendo solamente para beber una taza de café entre las volutas de humo de un Marlboro. No me importaba la situación: lo encarábamos como un proyecto, algo que debía hacerse”.
Entre sus libros favoritos, Curtis mencionó
El almuerzo desnudo y
Los chicos salvajes, ambos de William Bourroughs. También admiraba a J. G. Ballard, a Franz Kafka y Jean-Paul Sartre.
Curtis padecía epilepsia, enfermedad que lo llevaba a cambiar su tímida y agradable personalidad, por accidentadas depresiones. Precisamente este padecimiento fue el que le confirió esa extraña manera de bailar (imitado hasta la nausea), y que en ocasiones lo derrumbaba en plena actuación. A diferencia de Morrison, quien actuaba en cada concierto, Curtis verdaderamente padecía las luces, sufría el ruido y sobrellevaba la presión de ser el timonel de la banda.
Todo eso daba como resultado una oscura propuesta musical nunca antes vista. Curtis (o algún otro miembro de la banda) no necesitaba disfrazarse de brujo medieval o usar maquillaje de Halloween para transmitir su tristeza, sus influencias literarias y el hartazgo de la sociedad de su tiempo. Curtis podía vestirse con una camiseta amarilla y contagiar la oscuridad de sus emociones. Sólo le bastaba su voz de barítono, una cohibida guitarra, un modesto bajo y una retraída batería.
Tres años le bastaron a Joy Division para entrar al salón de las leyendas. Su música oscura y transgresora (porque emergía del punk, respiraba un poco de pop y escupía las más frías armonías del hard rock, aderezadas con sintetizadores), contrastaba con la luminosidad de la época post-beatle.
En junio 1979 graban
Unknown pleasures. La portada muestra la imagen de 100 pulsos sucesivos del primer pulsar descubierto. La cubierta trasera no contiene la lista de canciones, sino una tabla en blanco donde ésta debiera estar.
El productor fue Martin Hannett, quien logró el sonido característico del grupo tras la suma de efectos característicos y ruidos digitales que aumentaban la sensación de inquietud y desasosiego. Algo que ya de por sí transmitía su música y sus letras.
La talacha de Hannett permitió que, de lo que era una buena banda de post-punk y rock, consiguiera algo más novedoso. Amansó la guitarra procedente del hard rock de Bernard Sumner en pos de un sonido mas hiriente y frío, con una sección rítmica protagonizada por las excelentes líneas de bajo de Peter Hook y la batería –mezcla de acústica y electrónica– de Stephen Morris, con la voz grave y automática de Curtis
Así,
Shadowplay refleja estampas decadentes del Manchester de finales de los 70;
She’s lost control hace referencia a la epilepsia de Ian, cuya lúgubre voz se adueña de
New dawn fades o
Day of the lords.
En el plano letrístico, Curtis empleó un lenguaje e imágenes que provenían de sus lecturas. Canciones como
Interzone ubican a una juventud desesperada y olvidada, como en
Los chicos salvajes, en paisajes desiertos de Manchester.
Asimismo, es notoria una preocupación por las imágenes religiosas y el martirio. También hay protestas contra el sistema, que Curtis pudo haberse inspirado en lecturas de Nietzsche o Aleister Crowley.
Ian asume plenamente el papel de un personaje que, intencionalmente o no, se acercaba a la visión de un profeta: “He viajado a lo largo y a lo ancho de muchos tiempos diferentes”, (
Wilderness).
El grupo se lamentó que su potente sonido rock en directo con finales apoteósicos quedara velado en el resultado final. Sin embargo,
Unknown pleasures fue un éxito de crítica y dentro de lo que cabe, de público, y ha sido el espejo mil veces imitado por todos aquellos grupos que han querido aproximarse a planteamientos y estilos similares (primero The Cure, U2; después, Interpol, Bloc Party o Editors, y así hasta hoy).
Luego siguió
Closer (1980), con el que dejaron en claro que ellos venían para quedarse. En marzo de ese año, Joy Division y el sello underground Sordide Sentimental editó un raro EP. Se trata de una obra total: gráfica, música, fotografías y texto.
La tapa del disco es una pintura del artista neoclásico Jean-Francois Jamoul, en la que se ve un ermitaño de túnica contemplando desde la cima de las montañas los valles oscurecidos por las nubes. Adentro hay un collage de una figura solitaria que desciende a las profundidades de la tierra, una foto de Anton Corbijn que muestra al grupo bajo una luz fluorescente en la estación Lancaster Gate.
Además, incluye el ensayo titulado
Licht und Blindheit (Luz y ceguera), de Jean-Pierre Turmel, quien profundizó en su intento por explicar el efecto que Joy Division le produjo: “en el corazón de los sufrimientos cotidianos y del castigo, en la rueda misma de la mediocridad cercenadora, se encuentran las llaves y las puertas del mundo interior”.
De corolario, esta obra lleva las dos mejores canciones de la banda:
Atmosphere y
Dead souls. Debido a que la producción se limitó a 1578 copias, hoy este disco se valúa arriba de los mil dólares.
Curtis se suicidó dos meses después. El 18 de mayo de 1980. Antes vio una de sus películas favoritas,
Stroszek, de Werner Herzog, en la cual un artista atormentado se suicida. Más tarde se colgó en la cocina mientras escuchaba el disco
The idiot, de Iggy Pop. Ian Curtis tenía 23 años y tras su muerte el resto del grupo formó New Order, pero esa es otra historia.
Antes de que todo comenzara –del éxito, de las crisis epilépticas y la inmortalidad–, en la contraportada de
An ideal for living, su primer EP, Joy Division escribió la frase: “Esto no es un concepto, es un enigma”. A tres décadas, ese misterio sigue impoluto: destilando desesperación, tarareando nostalgias y rumiando tristezas.
Publicado en
Tierra Adentro número 158