Bitácora Doscamineña

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Agüevo, a parar esta mierda


La democracia no es una superestructura, es una creación popular.
Octavio Paz

Voto nulo para políticos nulos

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Qué más hace falta para que entendamos que sólo somos una bola de animales pretensiosos, destructores, sucios y los peor, necios. Gestos como el de Home project buscan que reconozcamos que perdimos la brújula, que el hombre –creidísimo en su papel de genio– sólo busca poder, dinero, propiedades, autos y demás minucias. Que la herencia evolutiva de 4 mil millones de años la malgastamos desenfrenadamente. Que somos tan tontos, que ni siquiera nos damos cuenta del cercano fin hacia donde vamos. Estrenada el pasado 5 de junio en 50 países, la idea de este proyecto es que el mensaje llegue al mayor número de habitantes del tercer planeta. Su distribución es gratuita y vale la pena invertir una hora y media en esta reflexión visual. Su producción, música y guión, no tienen desperdicio. Ver aquí

La irrecuperable Joy Division


Antes de Joy Division nadie. Después de ellos, toda la ya conocida parafernalia darqueta: presuntuosa, sintética, irreal, plástica y fantoche.
Generalmente ha sucedido que las expresiones musicales duraderas surgen de los escurrimientos de una composta integrada por influencias, tesón, casualidades, pero eso sí, mucho talento. Pocas emergen de la premeditación empresarial y los cálculos financieros.
Elvis Presley trabajaba durante el día como chofer de un tractor, sin embargo, por la noches le daba duro al gospel y al blues, eso le permitió grabar un disco y empezar su periplo hacia la eternidad. Jaco Pastorius tuvo que sufrir un accidente que le impidió seguir tocando la guitarra, para dedicarse al instrumento que lo llevaría a su sitio entre los inmortales: el bajo eléctrico.
Crushed Butler grabó un disco a comienzos de los 70, Uncrushed; luego, sin saber que habían creado lo más cercano al punk, se desintegraron y su nombre se perdió en el tiempo.
La violencia del punk devino en cansancio y hartazgo, en post-punk. Luego de un concierto de los Sex Pistols en 1976, cuatro chavales de Manchester, Inglaterra, decidieron formar una banda. Una más.
Pero el ingrediente extra es que en los años 60 y los 70, la cultura también funcionaba como un mecanismo para truequear información, libros, y discos literalmente ocultos. Existía toda una subcultura y un mercado que sostenían esta clandestinidad.
Uno de esos chavales, paliducho, tímido y flaco: Ian Curtis, era un cliente asiduo de ese tipo de tiendas. De ahí que el nombre de su banda, Joy Division, provenga de la novela The house of dolls, de Ka-Tzetnik (cuyo nombre real era Yehiel Feiner), donde cuenta de áreas en los campos de concentración en las que se forzaba a las mujeres a la esclavitud sexual: no era la División de trabajo forzado (labour division) sino la División del placer (joy division). En 1978, cuando el grupo adopta el nombre, la novela había vendido millones de ejemplares entre las huestes afines al underground. En varios de sus conciertos el grupo salía vestido con insignias nazis.
Desde joven, Curtis manifestó una marcada inclinación a la literatura. Aunque su formación fue netamente autodidacta, escribía y leía fervorosamente. En sus memorias Touching from a Distance, su esposa Deborah recuerda: “la mayoría de las noches Ian se encerraba a escribir, interrumpiendo solamente para beber una taza de café entre las volutas de humo de un Marlboro. No me importaba la situación: lo encarábamos como un proyecto, algo que debía hacerse”.
Entre sus libros favoritos, Curtis mencionó El almuerzo desnudo y Los chicos salvajes, ambos de William Bourroughs. También admiraba a J. G. Ballard, a Franz Kafka y Jean-Paul Sartre.
Curtis padecía epilepsia, enfermedad que lo llevaba a cambiar su tímida y agradable personalidad, por accidentadas depresiones. Precisamente este padecimiento fue el que le confirió esa extraña manera de bailar (imitado hasta la nausea), y que en ocasiones lo derrumbaba en plena actuación. A diferencia de Morrison, quien actuaba en cada concierto, Curtis verdaderamente padecía las luces, sufría el ruido y sobrellevaba la presión de ser el timonel de la banda.
Todo eso daba como resultado una oscura propuesta musical nunca antes vista. Curtis (o algún otro miembro de la banda) no necesitaba disfrazarse de brujo medieval o usar maquillaje de Halloween para transmitir su tristeza, sus influencias literarias y el hartazgo de la sociedad de su tiempo. Curtis podía vestirse con una camiseta amarilla y contagiar la oscuridad de sus emociones. Sólo le bastaba su voz de barítono, una cohibida guitarra, un modesto bajo y una retraída batería.
Tres años le bastaron a Joy Division para entrar al salón de las leyendas. Su música oscura y transgresora (porque emergía del punk, respiraba un poco de pop y escupía las más frías armonías del hard rock, aderezadas con sintetizadores), contrastaba con la luminosidad de la época post-beatle.
En junio 1979 graban Unknown pleasures. La portada muestra la imagen de 100 pulsos sucesivos del primer pulsar descubierto. La cubierta trasera no contiene la lista de canciones, sino una tabla en blanco donde ésta debiera estar.
El productor fue Martin Hannett, quien logró el sonido característico del grupo tras la suma de efectos característicos y ruidos digitales que aumentaban la sensación de inquietud y desasosiego. Algo que ya de por sí transmitía su música y sus letras.
La talacha de Hannett permitió que, de lo que era una buena banda de post-punk y rock, consiguiera algo más novedoso. Amansó la guitarra procedente del hard rock de Bernard Sumner en pos de un sonido mas hiriente y frío, con una sección rítmica protagonizada por las excelentes líneas de bajo de Peter Hook y la batería –mezcla de acústica y electrónica– de Stephen Morris, con la voz grave y automática de Curtis
Así, Shadowplay refleja estampas decadentes del Manchester de finales de los 70; She’s lost control hace referencia a la epilepsia de Ian, cuya lúgubre voz se adueña de New dawn fades o Day of the lords.
En el plano letrístico, Curtis empleó un lenguaje e imágenes que provenían de sus lecturas. Canciones como Interzone ubican a una juventud desesperada y olvidada, como en Los chicos salvajes, en paisajes desiertos de Manchester.
Asimismo, es notoria una preocupación por las imágenes religiosas y el martirio. También hay protestas contra el sistema, que Curtis pudo haberse inspirado en lecturas de Nietzsche o Aleister Crowley.
Ian asume plenamente el papel de un personaje que, intencionalmente o no, se acercaba a la visión de un profeta: “He viajado a lo largo y a lo ancho de muchos tiempos diferentes”, (Wilderness).
El grupo se lamentó que su potente sonido rock en directo con finales apoteósicos quedara velado en el resultado final. Sin embargo, Unknown pleasures fue un éxito de crítica y dentro de lo que cabe, de público, y ha sido el espejo mil veces imitado por todos aquellos grupos que han querido aproximarse a planteamientos y estilos similares (primero The Cure, U2; después, Interpol, Bloc Party o Editors, y así hasta hoy).
Luego siguió Closer (1980), con el que dejaron en claro que ellos venían para quedarse. En marzo de ese año, Joy Division y el sello underground Sordide Sentimental editó un raro EP. Se trata de una obra total: gráfica, música, fotografías y texto.
La tapa del disco es una pintura del artista neoclásico Jean-Francois Jamoul, en la que se ve un ermitaño de túnica contemplando desde la cima de las montañas los valles oscurecidos por las nubes. Adentro hay un collage de una figura solitaria que desciende a las profundidades de la tierra, una foto de Anton Corbijn que muestra al grupo bajo una luz fluorescente en la estación Lancaster Gate.
Además, incluye el ensayo titulado Licht und Blindheit (Luz y ceguera), de Jean-Pierre Turmel, quien profundizó en su intento por explicar el efecto que Joy Division le produjo: “en el corazón de los sufrimientos cotidianos y del castigo, en la rueda misma de la mediocridad cercenadora, se encuentran las llaves y las puertas del mundo interior”.
De corolario, esta obra lleva las dos mejores canciones de la banda: Atmosphere y Dead souls. Debido a que la producción se limitó a 1578 copias, hoy este disco se valúa arriba de los mil dólares.
Curtis se suicidó dos meses después. El 18 de mayo de 1980. Antes vio una de sus películas favoritas, Stroszek, de Werner Herzog, en la cual un artista atormentado se suicida. Más tarde se colgó en la cocina mientras escuchaba el disco The idiot, de Iggy Pop. Ian Curtis tenía 23 años y tras su muerte el resto del grupo formó New Order, pero esa es otra historia.
Antes de que todo comenzara –del éxito, de las crisis epilépticas y la inmortalidad–, en la contraportada de An ideal for living, su primer EP, Joy Division escribió la frase: “Esto no es un concepto, es un enigma”. A tres décadas, ese misterio sigue impoluto: destilando desesperación, tarareando nostalgias y rumiando tristezas.
Publicado en Tierra Adentro número 158

Al infierno


“Hace poco Yahoo me llamó para pedirme permiso para subir uno de mis textos a la web. ¿Saben qué les contesté? Les dije que se fueran al infierno con Internet. Lo detesto. Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire”.
Ray Bradbury

En la fila de la tortillería


–Tengo 11 años y estoy bien chaparro.
–Ya ves. Por no comer Danoninos.
–No manches, si me como hasta dos paquetes.

Viaje por Rinolandia


Soy un nasófilo. No me importa que otros sueñen con los senos, la nuca, los dedos de los pies o lo que sea. A mí dadme tan sólo la nariz. Sentir en el cuello su aliento húmedo, apreciar el temblor de las fosas traslúcidas, ver su pequeña sombra proyectada sobre el color bermejo del labio. Un auténtico paraíso.
Más que ninguna otra parte del cuerpo, la nariz está presente. Es el arco del triunfo al cual acaban subordinándose, con discresión, todos los demás órganos. Bajo esa eminencia debe cruzar cualquier ínfimo trozo de comida rumbo al estómago, deteniéndose unos segundos a rendirle pleitesía. A través de ella pasa el oxígeno de la vida, tibio y recién filtrado. Aquí se nos revela cada aroma, sea hedor o esencia de rosas. La nariz es el poderoso cancerbero encargado de preservar los pulmones, atrapando partículas en sus vellosidades y mucosidades.
El olfato es el más antiguo de todos los sentidos, aunque el más incomprendido. Hoy el hombre ha olvidado oler, por eso este sentido más o menos atrofiado está reducido a los vinos y al agua de colonia.
Un indicio de la minuficencia divina del olfato es que no nos repelan nuestros efluvios y que no podamos olernos a nosotros mismos como otros lo hacen. Lo mismo que parece azufroso y pútrido a un tercero es esencia de azucenas para quien ha nacido con ese olor. Una bocanada de humo basta para huir de un incendio. Basta oler el tocino o el pan recién horneado y se comienza a salivar, a liberar jugos gástricos. Percibes el hedor de la carne putrefacta y ello basta para alejarte del lugar; pierdes el apetito. La nariz es verdaderamente el centinela del cuerpo.
Uno prueba las cosas, gusta de ellas, por contacto directo. Se puede oler, en cambio, a la distancia. Sin el olfato, seríamos incapaces de distinguir el orín del vino blanco, o una manzana de una patata. De todas las criaturas de la tierra, el hombre es el único que huele algo por el mero placer de oler. Pues la nariz nos trae remembranzas. Es el órgano de la nostalgia.
¿Qué puede decirse entoncesd del advenimiento masivo de la rinoplastia? ¿No resulta un poco triste una filosofía que insiste que un poco menos de nariz puede hacerte feliz? ¿No es pura arrogancia determinar unos criterios de belleza distintos a los de la naturaleza?
Piénsese nada más en la perspectiva de un planeta repleto de idénticas narices, cada una de ellas una naricita respondona, angosta, levemente respingada y moldeada según un ideal de belleza que bien podía ser una moda comercial y restringida a un país determinado. Una práctica que las futuras generaciones quizás sumen a los pies vendados de la China dieciochesca y a los niños castrados del antiguo Medio Oriente.
Cirujanos del mundo, ¿les parece que debería ponerse brazos a la Venus de Milo? ¿habrá en la tierra un escultor tan ansioso que aspire a mezclar el arena y el agua para modelar una nariz a la Esfinge?

Confesiones de un cuchillo
Richard Selzer